...Lo veía con un blaco cuello postizo
Fresco sustituto a las dignas poses...
Si no estuviera en alcohol,
¡Habría hecho grandes cosas!
Luego dejé en la mano de Virgine este billete:
«Después se lo explicaré todo. Pelea total entre sus padres y yo. El ideal, el sueño, el prisma del absoluto nos esperan. Para vivir hay que amar... Tengo una berlina abajo: ven, o me mato y tú estás condenada.»
Fue así como la rapté.
Las facilidades que había encontrado en esta empresa me sorprendían, mientras en el tren contemplaba a aquella muchacha, educada apaciblemente, destinada quizás a algún mediocre empleado, y que me seguía gracias a una serie de fórmulas sentimentales, que, por otra, yo no había inventado, y que verdaderamente me costaría trabajo explicar.
Se supone que íbamos a alguna parte.
En efecto, desde hacía tiempo había preparado, con mi sagacidad peculiar, una deliciosa y metódica instalación cuyo objetivo se verá a continuación.
Eran tres horas de tren, mucho tiempo para la turbación, los sollozos, las palpitaciones. Afortunadamente no estábamos solos en el compartimento.
Yo había estudiado anteriormente, en la medida de lo posible, la situación en las novelas.
«Tú... Usted me lo sacrifica todo... Cómo agradecer...» Luego, después de un silencio: «Te quiero, la quiero...¡oh! ¡los viajes con la amada! El horizonte se tiñe de rojo en el crepúsculo, o por la mañana se llena de perlas con la aurora, y los dos estamos frente a frente, después de la distracción o del sueño, en países de perfumes nuevos».
Me había hecho escribir la frase por mi amigo el poeta W***.
Llegamos, ella como un pájaro mojado, yo encantado del éxito inicial de mis investigaciones. Pues, sin dejarme llevar por la vanidad romántica de este rapto, durante el viaje, mientras consolaba a la pobre muchacha asustada, había colocado hábilmente entre su décima y undécima costilla un cardiógrafo de funcionamiento prolongado, tan exacto que el Sr. Dr Marey, a quien debo su descripción ideal, no se lo había permitido por su coste excesivo.
Luego, un coche nos recogió en la estación. Terror, confusión, embriaguez inquieta de la señorita. Mis abrazos, débilmente rechazados, permitían al cardiógrafo registrar las expresiones viscerales de la situación.
Y en el delicioso saloncito donde, ocultando sus ojos con las manos, ella se reprochaba su ruptura definitiva con las exigencias de la moral y de la opinión pública, pude felizmente proceder a la determinación exacta (el momento era de absoluta importancia) del peso de su cuerpo. He aquí cómo:
Perdida en sus pensamientos, se había dejado caer en el sofá. Deteniéndome, emocionado, maravillado, a contemplarla, apreté con el tacón un pulsador eléctrico colocado bajo la alfombra y, al lado, en un gabinete secreto, al otro extremo de la balanza de la cual el sofá era la otra punta, Jean (criado devoto y prevenido) pudo comprobar el peso de la señorita vestida.
Me lancé a su lado y le prodigué todos los consuelos posibles, caricias, besos, masaje, hipnotismo, etc., consuelos sin embargo no definitivos, de acuerdo con mi plan de investigaciones.
Paso por alto las transiciones que me llevaron a despojarla de sus últimos vestidos, siempre sobre el sofá, y a llevarla a la alcoba donde ella olvidó familia, opinión pública y sociedad.
Durante aquel tiempo, Jean pesaba las ropas abandonadas, medias y botines incluidos, sobre el citado sofá, de manera que obtenía, por sustracción, el peso limpio de la mujer.
Además, en la habitación donde, embriagada de amor, se abandonaba a mis transportes ficticios (pues yo no podía perder el tiempo), estábamos como en el laboratorio. Las paredes forradas de cobre impedían toda relación con la atmósfera; y el aire, primero a su entrada, y luego a la salida, era analizado rigurosamente. Las soluciones de potasa de los aparatos revelaban, hora a hora, a hábiles químicos, la presencia cuantitativa del ácido carbónico. Recuerdo cifras curiosas sobre este tema, pero carecen de la precisión justamente exigida en las tablas, ya que mi respiración, no amorosa, se mezclaba con la respiración de Virgine, verdadera enamorada. Me limito a mencionar en líneas generales el exceso carbónico en las noches tumultuosas donde la pasión alcanzaba sus máximas de intensidad y de expresión numérica.
Tiras de papel de tornasol hábilmente distribuidas en los forros de sus tirajesme revelaron la acción constantemente muy ácida del sudor. A lo largo de los días siguientes, de las noches siguientes, ¡cuántos números a registrar sobre la equivalencia mecánica de las contracciones nerviosas, sobre la cantidad de lágrimas secretadas, sobre la composición de la saliva, sobre la higroscopia variable de los cabellos, sobre la tensión de los sollozos inquietos y de los suspiros de voluptuosidad!
Los resultados del contador de besos son particularmente curiosos. El instrumento, que es de mi invención, no es mayor que esos aparatos que esos prestidigitadores se ponen en la boca para hacer hablar a Polichinela, y que se designan con el nombre de pito. En cuanto el diálogo se hacía tierno y la situación se anunciaba oportuna, me introducía a escondidas, claro está, el aparato entre mis dientes.
Hasta entonces había sentido bastante desprecio por expresiones como «mil besos» que se ponen al final de los billetes amorosos. Son, me decía, hipérboles transmitidas a la lengua vulgar, por algunos poetas de mal gusto, como Jean Second, por ejemplo.
Pues bien, me complace aportar una verificación experimental a esas fórmulas instintivas que muchos sabios habían considerado, antes de mí, absolutamente quiméricas. En el espacio de una hora y media aproximadamente, mi contador había registrado novecientos cuarenta y cuatro
El instrumento colocado en mi boca me estorbaba; estaba preocupado por mis investigaciones, y además las actividades fingidas nunca igualan a las reales. Si se tiene en cuenta todo eso, se verá que el nímero de novecientos cuarenta y cuatro puede ser frecuentemente superado por las personas violentamente enamoradas.
besos.